Uno de cada tres habitantes de Zamora tiene más de 65 años y dos tercios vive en el campo. La provincia, una de las más envejecidas de Europa, es hoy laboratorio para la atención a los mayores. Gracias a un proyecto tecnológico pionero, una treintena de vecinos son formados para monitorizar a los mayores que viven solos en pueblos.
Más que una casa donde el paisano se dispone a echar de comer a las gallinas, esto bien podría ser el ojo del Gran Hermano de Orwell observándote. O el último alarde de residencia domótica de los japoneses. O aquel cuarto inteligente lleno de infrarrojos y de cámaras que salía en una escena de Misión imposible y detectaba el más mínimo movimiento. O un poco todo al mismo tiempo.
Solo que en un pueblo lleno de gente mayor y no en un párrafo lleno de exageraciones.
Veamos con detenimiento.
1. En una casa de la localidad, han instalado sensores para detectar el movimiento del anciano en la nevera del hogar, en la puerta del baño, en el pasillo, en la entrada, en la butaca donde el dueño se suele sentar…
2. En otras de otros pueblos, los microchips han llegado a estar puestos en la funda de las gafas, en el mando de la televisión, en el costurero, en la caja de herramientas, en el pastillero, en la silla de ruedas, en el andador, hasta en el bastón…
3. En el domicilio en el que entramos, hay una máquina del tamaño de un caja de zapatos que mide las constantes vitales, que también hace electros, que puede mirar el estado de los oídos o que te conecta con un médico de urgencias.
4. En la muñeca del octogenario que tenemos delante, vemos un reloj que le toma la tensión a tiempo real, que le mide el oxígeno en sangre, las pulsaciones, los pasos, que alerta de sus caídas… y que lo tiene geolocalizado por GPS en todo momento: Hilario está en la huerta; Jacinta está con las ovejas; Mariano ha salido a caminar por la vereda del río; Luis está en el bar echando la partida. Y todo en ese plan.
Pero no. Esto que le contamos no es Made in Japan. Ni ocurre es una escena donde salga Tom Cruise. Ni hablamos de ciencia ficción.
Ocurre en Zamora, en cuya comunidad autónoma siete de cada diez puestos de trabajo de nueva creación están vinculados directa o indirectamente a la economía que generan las necesidades y la atención de los que tienen más de 50 años.
Zamora, que tiene el románico, que tiene el río Duero, que tiene el queso y el vino, que tiene al poeta Claudio Rodríguez… Y que también es una superpotencia mundial en el cuidado de los mayores: el mayor laboratorio continental de proyectos en el medio rural para dar sostén a la población más envejecida de Europa.
Zamora, que tenía que hacer algo porque cuenta con el 65% de sus gentes viviendo en el campo, repartidos en 247 municipios. Que tiene a uno de cada tres habitantes con más de 65 inviernos. Que perdió un 14% de población entre 2002 y 2018 y que prevé otra sangría del 16% en los próximos cursos. Que atesora una estadística que desalienta: solo el 13% de sus vecinos tiene menos de 20 años, la tasa más baja de todas las regiones europeas.
Así que hace tiempo que la capital castellana decidió hacer virtud -por así decirlo- de la crisis de la despoblación por la edad. Lo que Londres es a la música, Zamora hoy lo es al envejecimiento: aquí se prueban todo tipo de sonidos.
La provincia lleva seis años acogiendo el congreso internacional de la silver economy («economía plateada», término acuñado por la consultora Oxford Economics que hace referencia al color de la canas): muchas de las ideas que se implementaron primero en la provincia han sido luego exportadas a países como Finlandia, Suecia, Grecia, Escocia o Italia.
Así que hemos venido a la localidad de Villardeciervos (370 habitantes y 27 usuarios) para verlo.
«El proyecto se llama Acompañantes Silver, surgió hace dos años y tenemos ya a 30 vecinas trabajando en la atención y cuidado de sus convecinos en una treintena de pueblos, un nuevo perfil profesional en el que una persona de la localidad [en su inmensa mayoría mujeres] es formada para cuidar a otro vecino a cambio de una remuneración», comienza diciéndonos Amparo Enríquez, técnico de emprendimiento y fondos europeos de la Diputación de Zamora, entidad que capitanea el proyecto.
«Se trata del que el vecino se ocupe de los mayores que tiene en su entorno. Por un lado, generas puestos de trabajo entre la gente joven fijando población y, por otro, rompes con la desconfianza: el mayor se fía más si es ayudado por gente que conoce, no cree que le están engañando, deja que instalen en su casa la tecnología necesaria para este proyecto», continúa. «Lo más grato de todo es ayudar a la gente que se siente sola… La tranquilidad de esos hijos, que generalmente viven fuera, al saber que sus mayores están mejor atendidos».
Unos 760 beneficiarios de 420 hogares del medio rural de Zamora han participado o siguen participado en una iniciativa que aplica la domótica y la robótica para mejorar el acompañamiento en la tercera edad.
Primero se hace un estudio de las rutinas diarias del individuo que muchas veces vive solo (si suele asearse a las nueve, pongamos, si abre la nevera antes de las diez o si suele cruzar por el pasillo a las once) y luego se monitorean los objetos y partes del hogar que hacen de chivato de ese movimiento. Una tecnología suplementaria controla la salud del vecino. Todo se registra en una app que hace las veces -tal y como apuntamos al principio- de ojo de Gran Hermano y que tiene descargada el cuidador en su teléfono móvil.
«Y así sabemos que, si un día no ha abierto la nevera en todo el día o no ha pisado el lavabo es que algo está pasando».
Acompañamos a Marta Devesa -cuidadora silver de Villardeciervos- a casa del matrimonio formado por Esmeraldo y Alicia; 82 años él y 74 ella; ordenanza de un colegio él y trabajadora de comedor escolar ella; cuatro hijos y seis nietos repartidos entre Madrid, Barcelona y México.
Su itinerario vital no es algo extraño en la comarca. La cuidadora Marta vivió hasta los 11 en el pueblo y luego marchó a Zamora para estudiar. Entre los 20 y los 40 se fue a Madrid. Cursó Psicología y se incorporó a una universidad privada. Regresó a su pueblo con la pandemia para teletrabajar. Hasta que decidió cambiar de aires. Y, desde entonces, no la saquen ustedes de aquí.
«Recibo más de una docena de llamadas al día. El más joven de los usuarios de Villardeciervos tiene 60 años y el mayor, 87… Gracias a iniciativas como esta, muchos no tienen que irse a una residencia o con sus hijos», nos cuenta. «Mi madre, mismamente, es usuaria. Ella tiene dependencia cognitiva y estos dispositivos nos dan mucha tranquilidad… El otro día tuve que ir a Benavente y le dejé todo activado para que cada minuto monitorizase todo y me saltara cualquier problema: pulsaciones, inactividad, detección de caídas…».
-¿Y usted qué opina, Esmeraldo?
-Mejor no necesitarlo, pero es un invento.
-¿Y usted qué opina, Alicia?
-Mis hijos son los que más encantados están. No son de los que llaman todos los días, ni yo quiero que sean plastas. Porque la mejor noticia es que no haya noticias.
«Aquí lo normal es tener de 50 años para arriba y la mayoría andamos por los setenta y tantos o así»
Jesús García, 75 años, vecino de Villardeciervos que vive solo
Acompañamos a Marta a casa de Jesús García, que tiene 75 años, es teniente alcalde del pueblo, está soltero y vive solo. «El reloj y los aparatos me los pusieron hace ocho días, pero mi memoria anda así así y no me entero muy bien de cómo va la cosa», confiesa.
«Aquí lo normal es tener de 50 años para arriba y la mayoría andamos por los setenta y tantos o así. Los críos acaban el colegio, luego se van al instituto a la ciudad y ya no retornan al pueblo«, desgrana resignado primero, para dar paso al optimismo después. «Pero yo creo que esto va a renacer, que esto tiene que cambiar… Mira estos paisajes. Mira el embalse».
-¿Y usted qué opina, Jesús?
-Pues que da seguridad saber que, si te pasa algo, hay una vecina pendiente del tema.
A casi 50 kilómetros de aquí (a media hora larga en coche), está Cobreros, pueblo que no llega a los 300 habitantes pero que toma otra dimensión con sus 13 pedanías.
Desde allí ha venido para contarnos su experiencia Rocío Elena, vecina de la localidad, licenciada en Historia, casada con un camionero y cuidadora silver de seis ancianos repartidos por Avedillo, Castro, San Román y el propio Cobreros.
Todo está sucediendo en Zamora, la provincia más envejecida de toda España, donde las estadísticas dicen que, por cada 100 menores de 16 años, hay 292 mayores de 64.
Nuestra protagonista tiene nada más que 36. Ha trabajado de cartera o cuidando niños. Ahora -después de las 40 horas obligatorias de formación- es la profesional que ayuda a los mayores de su entorno.
«Estuve toda la vida aquí hasta que, a los 18, me fui a Madrid a hacer Historia. También estudié fotografía y postproducción digital. Luego salté al País Vasco. A raíz de la pandemia, yo también volví a mi pueblo, Cobreros… Cuando te has criado en un pueblo, al final te das cuenta de que, en el fondo, siempre es el lugar en el que has querido estar».
Excepto un usuario, todos los demás conocen a Rocío desde que era una mocosa. Y eso es mucho conocer.
La media jornada de la historiadora comienza nada más levantarse, cuando todavía no se ha lavado los dientes y ya enciende el móvil para ver cómo están sus chicos octogenarios.
«Miro la aplicación y veo los datos que han tomado los sensores. Cada hora la app te dice cuántas veces han hecho esto o aquello… Si veo que alguno tiene su dispositivo son batería, les llamo para saber si todo va bien, por si necesitan algún medicamento o lo que sea… No pasa día en que no les telefonee».
«La intranquilidad de los hijos se acaba. Se acaba esa llamada preocupante de principio del día»
Marián García, ingeniera industrial
Marián García es doctora en ingeniería industrial y también es la fundadora de i4life, la startup de la Universidad de Oviedo que nació con el fin de desarrollar software y productos para mejorar la calidad de vida de los pacientes con párkinson y que ahora está detrás de la tecnología que hace más fácil la vida en estos pueblos pioneros de Zamora.
«Ahora, los algoritmos tienen que aprender, están en ello», nos cuenta. «Lo que hemos comprobado es que puedes enriquecer la vida de la gente con la tecnología, que gracias a la tecnología la conciliación puede ser una realidad», añade. «La intranquilidad de los hijos se acaba. Se acaba esa llamada preocupante de principio del día«.
Claro que hay cosas por mejorar.
A las cuatro de la madrugada, una vez le saltó la alarma a la cuidadora silver Marta Devesa y esta llamó inmediatamente al anciano: no era que estuviese teniendo una urgencia, era que se había golpeado con el reloj inteligente en la mesilla.
Otra vez, sonó y no es que le pasara algo a la octogenaria tal y como decía aquella especie de pulsera inteligente, sino que estaba sacudiendo con fuerza la ropa.
En otra ocasión, el dispositivo informaba de una posible caída al suelo del usuario y no era tal: el reloj alertó equivocadamente de un porrazo cuando el hombre mayor solo estaba cortando leña.
Pero qué hermoso es escuchar ese sonido. No el politono de un teléfono móvil de madrugada. No el chas-chas de la leña que se corta. No el flop-flop de una manta que se sacude. Sino ese sonido que dice así en la voz de una mujer anciana que vive sola en un pueblo.
-Lo bien que me viene alguien con quien pasar un rato… Me das la vida con este cuartico de hora en que me vienes a ver.
FUENTE: EL MUNDO
https://www.elmundo.es/papel/historias/2025/02/17/67b36496fdddff4a9a8b4572.html




